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Tumores

La palabra tumor deriva del latín y quiere decir, simplemente, hinchazón o bulto.

En Medicina, hablamos de tumor para referirnos a cualquier lesión patológica de los tejidos que consiste en una proliferación anómala de las células que componen dicho tejido. Su traducción clínica es, habitualmente, la aparición de un bulto.

Un sinónimo de la palabra tumor es neoplasia.



Un tumor puede originarse en cualquier célula del organismo. 

De forma genérica podemos clasificarlos en dos grandes grupos:

  • Tumores del hueso.
  • Tumores de partes blandas.

Dentro de cada grupo se denominan según el tipo de célula que se multiplica. Así hablamos de tumores cutáneos, nerviosos, vasculares, del tejido graso, musculares, de las glándulas endocrinas, etc.


Todos los tumores tienen en común que crecen a nivel local, debido a la multiplicación incontrolada, más o menos rápida de las células que lo componen. El bulto generado puede ser deformante si el tumor se localiza cerca de la superficie corporal y causar molestias locales. 

Un tumor maligno se caracteriza, además, por lo siguiente:

  • Tiene la capacidad de extenderse e infiltrar los tejidos vecinos (invasión tumoral).
  • Algunas células pueden desprenderse del tumor original, introducirse y viajar por el torrente sanguíneo o linfático y llegar a implantarse y desarrollarse en otras zonas distantes del cuerpo, creando tumores hijos (metástasis).


Un sinónimo de tumor maligno es cáncer. Si no se trata adecuadamente puede poner en riesgo la vida del paciente.


Es el tipo de tumor más frecuentemente tratado por un Cirujano Plástico y están originados en la piel y sus glándulas anejas (pelo, glándulas del sudor y glándulas de la grasa).

Debido a su localización en la superficie corporal son relativamente fáciles de detectar por el propio paciente. 

Son ejemplos de tumores benignos:

  • Las verrugas. Son los tumores cutáneos más frecuentes. Su origen es vírico y son altamente contagiosas.
  • Los quistes de la piel. Originados de la epidermis (quiste epidérmico), de la dermis (quiste dérmico) o de la raíz del cabello (quiste triquilemal).
  • Los nevus pigmentados. Se originan en los melanocitos, que son las células que producen el pigmento cutáneo (melanina). Popularmente se conocen como lunares.
  • Los lipomas. Son tumores desarrollados a partir de la grasa.
  • Los fibromas. Se desarrollan a partir de las fibras que constituyen la dermis.

Son ejemplos de tumores malignos:

  • El carcinoma basocelular. Es el tumor cutáneo maligno más frecuente y, afortunadamente, el de mejor pronóstico. Tiene un período de evolución lento (años) y, aunque puede llegar a ser infiltrante a nivel local, tiene muy escasa capacidad de metastatizar.
  • El carcinoma espinocelular. Es el segundo en frecuencia, más agresivo que el anterior, de crecimiento local más rápido y con más potencial metastásico.
  • El melanoma. Es el tumor cutáneo maligno con peor pronóstico pues tiene alta capacidad de metastatizar a otros órganos del cuerpo. Se origina en los melanocitos y, por ello, suele manifestarse como una lesión pigmentada.


El diagnóstico de sospecha clínico de un tumor debe plantearse cuando se detecta un bulto que va creciendo. Esto es especialmente cierto cuando la lesión se origina cerca de la superficie corporal, lo que facilita un diagnóstico precoz.

La exploración física de la zona afectada permitirá orientar sobre el tipo de lesión. Los tumores benignos suelen tener un crecimiento moderado, tener unos bordes bien definidos y pueden ser movilizados fácilmente con respecto a las estructuras vecinas. En cambio, los tumores malignos suelen crecer rápidamente, son irregulares en su contorno y se presentan adheridos a la piel o a las estructuras más profundas.

Cuando sospechemos de un tumor maligno siempre deberán explorarse los ganglios de la región para descartar su extensión en forma de metástasis. 

La exploración debe completarse, cuando el caso así lo requiera, de diversas exploraciones adicionales (ecografía, TAC, RNM, angiografía) para llegar a un diagnóstico.

El diagnóstico definitivo sólo puede establecerse con una biopsia, es decir, la toma de una muestra de la lesión para su oportuno análisis en laboratorio bajo el microscopio.


TUMORES BENIGNOS

No todos los tumores benignos necesitan extirparse. En general, se opta por tratarlos cuando crecen desmesuradamente, crean problemas locales (molestias) o provocan un aspecto inestético por el abultamiento de la zona. También deben resercarse siempre que haya dudas diagnósticas.

El tratamiento más habitual es el quirúrgico y consiste en su extirpación simple pero completa de la lesión. La pieza histológica debe ser enviada para su estudio al laboratorio de biopsias. El informe de la biopsia confirmará el diagnóstico de la lesión y permitirá constatar si su extirpación ha sido total.

Hay otras modalidades no quirúrgicas de tratamiento que se pueden aplicar a algunos tipos de tumores cutáneos benignos pues, al residir en la superficie corporal son más accesibles a otras técnicas terapéuticas. Todas ellas persiguen la destrucción de la lesión de diferentes formas: por el calor (quemadura mediante el electrobisturí), el frío (crioterapia con nitrógeno líquido), la vaporización con el láser o la aplicación de productos químicos (quimioterápicos tópicos). Estas técnicas no permiten la biopsia de la lesión y debemos ser cautos en su indicación.

TUMORES MALIGNOS

Todos los tumores malignos deben tratarse. 

En la mayoría de casos, el tratamiento de elección empieza por la extirpación radical de la lesión, dejando unos buenos márgenes de seguridad alrededor del tumor para evitar su recidiva. Debido a la amplitud de la resección, no es infrecuente que la herida residual no pueda cerrarse simplemente con una sutura y el cirujano plástico valorará la necesidad de importar tejidos, de la vecindad o incluso a distancia, a fin de poder cerrar la herida.

Si el tumor ya ha generado metástasis, debe plantearse también la indicación de su extirpación. Esto puede suponer resecar los ganglios linfáticos regionales e incluso lesiones a distancia. 

Algunos tumores malignos pueden precisar, además, de algún tipo de tratamiento complementario al quirúrgico para garantizar su completa erradicación, tales como la radioterapia, la quimioterapia y algunos tratamientos hormonales e incluso inmunológicos.



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